La renovada trascendencia: Rosendo Pérez Pinacho

Por: Enrique FRANCO CALVO

Nacido en Candelaria Loxicha, Oaxaca, Rosendo Pérez Pinacho se instaló muy joven en la ciudad capital de su estado. Perteneciente a una Oaxaca particular, muy diferente del Istmo o del Valle, ha vivido lo que podemos llamar su parte oaxaqueña dentro de las tradiciones peculiares que le tocaron aprender desde niño. Su fantasía está nutrida de juegos con armadillos, tortugas o cangrejos, con sus comidas regionales de diferente e histórico aspecto. Observador de la naturaleza, en los estanques de su casa he visto como juega con tortugas que llevan en sus caparazones inscrita la historia de mil batallas por la supervivencia, o en su jardín delicadas orquídeas salvajes o cactus refinados. A la entrada de su estudio un muestrario de sus preferencias al respecto da la bienvenida.

Pinacho es pintor, su formación en la Escuela de Bellas Artes de Oaxaca bajo la mirada de Shinzaburo Takeda fue significativa al grado que en una época temprana en su obra era evidente la influencia del maestro japonés. Pude ver su desarrollo y observé que rápidamente rompió ese nexo para aventurarse por senderos desconocidos para un joven estudiante. Me parece que aquí resultó fundamental que Pinacho fuera un viajero constante, pues sus ojos se llenaron de la experiencia de los grandes maestros al ver sus obras en vivo en los museos del mundo. Esa ha sido realmente su formación más nutritiva, sin duda.

La pintura de Pinacho está muy emparentada con la de otros oaxaqueños. Como la de los maestros Francisco Toledo y Sergio Hernández, que resulta de un peso sustantivo en la región oaxaqueña de pintura. Sin embargo, a diferencia de otros, Pinacho ha logrado crear un lenguaje que susceptible de ser tipificado innegablemente es diferente por sus marcas y por sus maneras de producción. Su pintura siempre deja ver que la materia fue extendida con carácter, con firmeza, con la seguridad de alguien que conoce sus convicciones. Sus temas preferidos tienen que ver con reflexiones que han sido apreciadas por la cultura mexicana, como la trascendencia de la vida; la dualidad vida muerte; la naturaleza como gran misterio o madre proveedora; lo insólito de los objetos cotidianos.

Por la madurez que alcanzó rápidamente su trabajo y por la manera como ha realizado su producción, podemos afirmar que nos encontramos frente a un artista con todos sus potenciales bien calibrados. Habrá que estar a la expectativa de sus nuevas obras, porque encontraremos en ellas una poesía que es resultado de toda la experiencia de un oaxaqueño cuya cultura visual se ha nutrido en infinitos colores de todo el mundo sin olvidar la selva de los Loxichas, y eso le da a su arte una autenticidad poco frecuente.

Vivir para Pintar

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