DUALIDADES DE ROSENDO PINACHO

El afán por conseguir y mantener constantes expresivas, temáticas, comunicativas, iconográficas, compositivas o cromáticas –eso es, por dotar a su lenguaje de elementos estilísticos recurrentes-, es algo que ha impulsado a los artistas que han vivido y trabajado en diversos momentos y ubicaciones, durante el transcurso de la historia del arte. Sin embargo, este mismo anhelo ha sido el causante de que no pocos de entre estos artistas se hayan dedicado, durante largas temporadas, a reiterar las soluciones que en algún momento les resultaron eficaces. Rosendo Pinacho se ha ocupado de proveer a su léxico de un buen número de constantes estilísticas. Pero, lejos de regodearse en sus aciertos, se ha alejado de la autocomplacencia y de la complacencia hacia los públicos, a los que como todo artista se debe, sin embargo- y se ha propuesto innovar dentro de los linderos de su estilo individual. Tanto es así que, de una exposición suya a la ulterior, median cambios sustanciales en su producción, sin que esto signifique el abandono de esos elementos recurrentes que hacen posible reconocer las obras de su autoria como suyas.

De aquella vibrante explosión textural y colorística que privó en Espacios cotidianos ( 2006 ), de aquel habitar de figuras antropomorfas en sus escenas, presente en Lo que la tierra me ha dado (2005) y de aquella interacción figura-fondo, vía sus chorreados, que destacó en Constelación plenaria ( 2004 ), perviven ciertos remanentes. Pero, además, Pinacho ha recobrado los contornos precisos ( que aún no se reponen del todo de los efectos de las explosiones recientes a los que estuvieron sometidos ) que apuntala con decididos esgrafiados, para resolver las constelaciones, los soles y las lunas, las rebanadas de sandía, los fustes de maíz con sus mazorcas a punto, los crustáceos y las casas que pueblan sus pinturas. También ha eludido las simetrías, para optar por composiciones en las que sus imágenes devienen compensadas mediante el equilibrio de sus pesos visuales. En Dualidades, la presencia humana en los ámbitos costeros, fluviales, incandescentes o lluviosos que él representa, es palpable con sus casas, a la vez que resulta subrayada mediante relojes que marcan una hora distinta para cada tela.

Y en esta exposición hay una, intitulada Otros ecos, en la que Rosendo Pinacho prescinde de manara absoluta del uso de los materiales de carga que ha caracterizado su producción reciente.

Es en esa en la que la textura emana de la materia pictórica misma, plena de efectos, efervescentes en su especificidad; en la que la temporalidad de astros, sandía, construcciones y moradores está regida por la carátula y las manecillas que marcan las tres horas con 25 minutos. Jamás de una tarde ni de una madrugada, sino las tres y 25 de un horario y de un día específicos de los innumerables que integran su realidad artística. La hora mística-parafraceándolo-del día en el que los ocres, los azules, los negros y los blancos (sin los habituales cálidos, por el momento ) fueron dispuestos por él junto a una rica e insólita gama de grises. De una gama fresca y fascinante. Del día-es posible entreverlos-en que Pinacho prefiguró los trayectos que recorrerá durante el lapso que estará comprendido entre esta exposición y la siguiente. O del día en el que se propuso que supusiéramos tal cosa. Pero nunca de un día cualquiera. Sino de uno suyo. De uno muy suyo.

Carlos Blas Galindo, Oaxaca 2007.

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