Frutas de Agua en el Arbol de la Vida

La obra de Rosendo Pinacho ha ido creciendo con la misma unidad con que crece un árbol, si bien podemos encontrar a lo largo de su carrera diversas vertientes o ramas, siempre hay un tronco y una raíz que mantienen la congruencia de sus cuadros, de su estilo, de sus búsquedas pictóricas. A lo largo de su vida, “árbol adentro” como diría Octavio Paz, el quehacer artístico le ha significado no sólo el sustento y la manera de relacionarse con el mundo, sino también, el modo de expresar sus sentires en torno a su cultura, sus paisajes y memoria. Muchos de sus óleos, dibujos y grabados están sembrados con imágenes arbóreas y su infancia no sólo se desarrolló entre árboles, sino que en las diversas culturas oaxaqueñas el árbol recorre los mitos y se encuentra plantado entre las metáforas de la vida misma, del universo entero en varias tradiciones orales.

Para los zapotecas antiguos y actuales, la ceiba o pochote fue ese árbol sagrado que encarnaba la imagen total del cosmos, con su fronda representando lo celeste, su tronco terráqueo lleno de espinas y sus raíces hundidas en las aguas del inframundo. Muchas veces debajo del árbol las raíces se representaban en forma del monstruo de la tierra que era una especie de cocodrilo, pues el cocodrilo es agua y tierra, es animal de tránsito entre dos mundos, y sus escamas gruesas lo hacían vincularse con las espinas de la ceiba y la corteza de otros árboles. Esas historias rondaron los oídos de Pinacho desde que era un niño entre las arboledas de la región zapoteca de Loxicha, zona del estado de Oaxaca que se ve irrigada por gran diversidad de ríos y riachuelos y en donde el artista no sólo jugaba sino que se nutría de visiones y frescura que después usaría en sus pinturas. él no lo sabía, pero cuando rasgaba la superficie del agua con una vara estaba aprendiendo a dibujar, luego en la orilla del río, sobre un lienzo de lodo, trazaba las líneas efímeras que había practicado en el agua, después en los salones de clase pasaba al cuaderno algo de lo que sucedía en su cotidianidad, como por ejemplo, intentaba pintar la forma de los aviones que oía de vez en cuando y sólo veía como un punto brillante que iba dejando una estela blanca en la página azul del cielo.

Desde chiquito a Rosendo le gustaba capturar renacuajos, sacarle peces y cangrejos al agua. En los remansos del río veía las altas frondas reflejarse y soñaba con el mar que había ido a conocer y que era el destino de sus ríos. Así creció este muchacho, aprendiendo de los colores a partir de las plantas y los cielos crepusculares, esbozando figuras en cuadernos de cuadricula y zonas de tierra húmeda, llenándose de semillas que llamamos experiencias y visiones para que germinaran en él los óleos que nos ha dado.

A veces imagino al niño Pinacho como ese entrañable personaje de Italo Calvino, Cósimo, que un día se subió a los árboles para no volver a tocar la tierra y que vivió en su comarca desde los follajes y entre las hojas. Pero luego recapacito, Pinacho no podría abandonar las raíces y los afluentes que las alimentan, su pulsión lo ha llevado al océano para enfrentarse con peces cada vez más poderosos. Una tarde, entre la espuma de las cervezas, me compartió un vídeo en el que luchaba por horas para sacar un pez espada que le valió ganar la competencia de pesca anual de Huatulco. Aquel niño que recostado panza abajo sobre una roca gastaba las tardes capturando renacuajos y ranas a orilla del caudal del río, brillaba en los ojos del hombre que con una energía descomunal luchaba por sacar a un ser casi mitológico del agua. Pero esa fuerza no la pierde Pinacho entre el oleaje y los tirones que debe meter a la caña, sino que le proporciona la energía con la que después busca las formas en el lienzo vacío. Pescar y pintar se asemejan, el mar esconde debajo de su sábana tesoros insospechados para el anzuelo y la tela en blanco se mira como un calmo mar que sin embargo agota, pues no vemos a la presa; pero de pronto surge una forma y el pintor la persigue, la engancha, la asedia, la cansa, suelta el hilo de las ideas y acomete otra vez, sacando a la superficie de la lona o el lino una forma central que le regalará la composición entera. Así el pescador vislumbra la mancha del cardumen y enfila la embarcación lanzando una y otra vez el anzuelo hacia la zona donde un lomo escamado, una aleta aparece en el horizonte.

Ahora que Pinacho se ha puesto a realizar estos inmensos murales de cerámica y ha tomado por tema la pesca, no ha podido escapar del jardín de su imaginación y su cosmogonía y los reflejos de los árboles en las aguas atraviesan las composiciones. De hecho, son las estructuras arbóreas las que ordenan, reticulan y dan estructura a las composiciones. Las dimensiones de las obras y el colocarlas en espacios públicos de los edificios que lo invitaron a intervenir, lo sitúan cerca del movimiento muralista, aunque no sean pinturas su trabajo. Me parece una audacia del arquitecto Ariel Bromberg, quien ha invitado a Rosendo Pinacho a colocar un estallido de color en su hermoso complejo arquitectónico absolutamente blanco y de corte más bien minimalista. Alterada la blancura sólo por el brillo del metal y algunos acentos de madera, la irrupción del arte de Pinacho es un gesto de libertad del arquitecto que grita a través de las texturas y la intensidad cromática sus vínculos con México. La arquitectura a nivel internacional está desarrollando muchos edificios blancos y con gran cantidad de vidrios, pero el arquitecto decidió dar ese toque esencialmente mexicano invitando a un artista de colores encendidos, de temáticas y orígenes rurales.

Por la cercanía del mar, el artista eligió un tema acuático para sus obras, pero incorporó los reflejos del árbol sobre el agua para no perder tierra y enraizar su trabajo. También se decidió por la cerámica para solucionar de forma más rápida el trabajo y darle durabilidad ante los corrosivos aires marítimos de Florida, el resultado ha sido maravilloso, creo que las tonalidades terrosas de los colores horneados en alta temperatura dialogan mejor con el blanco de las estructuras edificadas, la pintura hubiese sido más brillante y sería más trabajoso para la vista mirarla que los pigmentos horneados. Me gusta el salto hacia la cerámica en mural monumental, de Pinacho había visto algunas esculturas y murales de pequeñas dimensiones, como digo, sus colores toman una elegancia mayor, los sienas y los azules, los óxidos y los verdes se vuelven muy poderosos en este par de trabajos y uno más que no fue colocado en el inmueble y que era tan interesante como los que vemos. El trabajo con Claudio Jerónimo López, el maestro ceramista que trabaja hoy día con Toledo y muchos artistas nacionales e internacionales, ha sido determinante para la resolución técnica y la complicidad creativa del proyecto. Visité el taller cuando ya estaban en proceso avanzado los murales, pero el último de ellos todavía pude ver cómo lo moldeaban Pinacho y sus ayudantes, cómo se decidían los tonos de las diversas áreas y elementos, cómo se calendarizaban las quemas en el horno. La nave que capitanea Claudio Jerónimo, con Toña en la tripulación central, maneja en sus labores una camaradería que propicia en los artistas una soltura en el quehacer del barro y una alianza absoluta con el taller. Mientras ellos ordenaban las tierras y el cromatismo yo seguía pensando que estas obras ya encajaban en esa tradición que inauguraron los muralistas mexicanos de pintar grandes obras en los Estados Unidos de Norteamérica. Pensé claro en los trabajos destruidos de Diego Rivera para el Rockefeller Center, en sus prodigiosas composiciones llenas de formas industriales de Detroit, en las obras que realizó al fresco en San Francisco para la escuela de artes, pero recordé también los trabajos de José Clemente Orozco para el Pomona College de California, y regresé a mis lecturas en las que el muralismo ejerce una influencia determinante en la escena cultural norteamericana y provoca un sisma cultural. Recordé también que fueron las lecciones de Siqueiros cuando decía a sus alumnos americanos, que había que prestar atención al accidente en la pintura, que la importancia de un escurrido, de una gota no controlada, debía tomarse en su justo valor expresivo, y los oídos atentos de un Jackson Pollock sentado entre los oyentes convertirían aquellas lecciones en una revolución cultural a través del driping y el expresionismo abstracto. Pero después de los muralistas, muchos años más tarde, el movimiento chicano ha utilizado también los muros en las calles para expresarse, para generar un cuerpo visual que reafirme su identidad latina, sus orígenes mexicanos. Ahora llega Rosendo Pinacho y elige como inspiración de su obra a los pueblos Huaves de Oaxaca, comunidades asentadas en Istmo de Tehuantepec, vecinos de los zapotecas de Juchitán, hombres enclavados en lagunas y esteros contiguos al mar, donde algunos pescadores todavía utilizan los cayucos o lanchas monóxilas, es decir, talladas de un solo tronco, y que han sido de gran inspiración para el pintor convertido en ceramista.

Escribo esto y casi puedo tocar la inmensa canoa atravesada frente a la cocina en el estudio del pintor y pienso que los murales se echaron a navegar sobre de ella en esas temáticas. La apuesta por un tema popular lo enlaza con los muralistas y los chicanos, lo mete de lleno en esa tradición por utilizar el arte para hablar desde el pueblo y sobre el pueblo, convertir las artes mayores en espacio para homenajear el trabajo de los hombres que dan sustento al mundo, los pescadores, esos campesinos del agua.

Pero trabajar hoy día mostrando el mundo rural de la etnia Huave, capturar con arte sus labores cotidianas en las lagunas, llenar los ojos del espectador con esas barcas rebosantes de pescados y langostinos, modelar con las manos ese ritmo de cocodrilos que emergen y se hunden alternativamente por los murales, erizar de espinas los troncos de las ceibas sagradas y colocar ese universo de redes y pescadores en un edificio en Norte América es hoy día un posicionamiento vital. Los es ponerse del lado de los manglares y las doñas que venden pescado oreado en el mercado del pueblo, es traducir en formas una música que se hace con un caparazón de tortuga tocado por baquetas de cuernos de venado y acompañado de flauta de carrizo, es haber trazado en la arena la risa de los niños que hacen travesuras y consturcciones de arena a lado de las lagunas. Los Huaves están hoy en lucha para defender esas actividades, ese mundo pletórico de aves que los sobrevuelan mientras salen a pescar, los Huaves pelean contra quienes quieren colocar grandes torres en sus lagunas para generar energía eólica, pero que causarán grandes destrozos

Pero trabajar hoy día mostrando el mundo rural de la etnia Huave, capturar con arte sus labores cotidianas en las lagunas, llenar los ojos del espectador con esas barcas rebosantes de pescados y langostinos, modelar con las manos ese ritmo de cocodrilos que emergen y se hunden alternativamente por los murales, erizar de espinas los troncos de las ceibas sagradas y colocar ese universo de redes y pescadores en un edificio en Norte América es hoy día un posicionamiento vital. Los es ponerse del lado de los manglares y las doñas que venden pescado oreado en el mercado del pueblo, es traducir en formas una música que se hace con un caparazón de tortuga tocado por baquetas de cuernos de venado y acompañado de flauta de carrizo, es haber trazado en la arena la risa de los niños que hacen travesuras y consturcciones de arena a lado de las lagunas. Los Huaves están hoy en lucha para defender esas actividades, ese mundo pletórico de aves que los sobrevuelan mientras salen a pescar, los Huaves pelean contra quienes quieren colocar grandes torres en sus lagunas para generar energía eólica, pero que causarán grandes destrozos ecológicos a su hábitat, a sus pájaros, a sus aguas. Tras muchos años de visitar la región Huave, de hacerse de amigos entre la gente de pesca, Pinacho camina en sentido contrario a la destrucción de ese universo, desde hace años que ha adquirido varias barcas de las talladas en tronco pero se las ha dejado a los pescadores para que no las cambien por lanchas de motor. Pero hoy más que nunca Pinacho ha logrado capturar en sus murales la esencia de una cultura con sus corazones de lagunas saladas. Cierto, allá el viento es fuerte, tanto que hasta los hombre se inventaron una forma de pescar con papalotes que arrastran redes y van capturando peces, pero esa es una forma ingeniosa de realizar un trabajo y los pescadores y los pueblos Huaves en general no tienen por qué regalar sus tierras y lagunas.

Pero para ponerse del lado de las comunidades indígenas no hay necesidad de panfletos ideológicos, a Pinacho le basta con crear obras en las que nos envuelve poéticamente en ese mundo de los pescadores y la naturaleza, después de ver aquel esplendor de plantas, aguas vivas, seres escamados, lagartos, tortugas, embarcaciones, celajes, ¿ quién puede atreverse a justificar su destrucción?, ¿ quién cree justificado cambiarle la vida a estos pueblos para llenarles el horizonte de maquiladoras y supermercados?.

El artista, que ha nacido en el ámbito rural, que se ha hecho pescador con los pueblos de las costas y las lagunas oaxaqueñas, ha comprendido que este universo de los pescadores se desarrolla en otra dimensión de tiempo y espacio, muy otra a la que los citadinos habitamos.

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